Ir al contenido principal

Mucho Jijijí_Jajajá, pero ¿quién está detrás?


@LuisRamirezOr

Imagínese usted a Juan Pérez. Un estudiante de Secundaria que hace unos días obtuvo un 6 de calificación en uno de sus trabajos finales de la asignatura de Formación Cívica y Ética. Llega a casa y le cuenta a su mamá su resultado. Enseguida la mamá se lo lleva a la plaza comercial y le compra un iPhone. El más caro. Que por su destacada participación en el trabajo final de Formación, pues es válido ser un 6 y cada quien exige de acuerdo a su compasión. Otros que se formen a la fila de los dieces o de los nueves.


Ahora imagínese un mundo donde todos son árbitros de la conciencia y al menor conato de aplauso cada quien toma su roca y comienza a perseguir al “aplaudidor”. Pero de pronto, un hombre sabio detiene a todos con un “eeeyyy”; todos se miran los unos a los otros, rebosantes de perplejidad.


-Hombre sabio, tú que nos gritas “eeeyyy”, nuestra conciencia nos manda a apedrear a todo aquel que aplauda a alguien. Desde nuestros abuelos es una falta muy grave.


Y el hombre sabio les responde: Aquel que esté libre de aplausos, que tire la primera piedra.


Los más viejos se entristecieron, fueron los que soltaron su roca primero. Los últimos que se fueron eran los más jóvenes.


Pues sí, entre más años, más aplausos.


Después de que el hombre sabio los interpeló las familias comenzaron a cambiar.


Cuando la mamá le comenzaba a decir “acú, acú” a su bebé, salía el esposo y le sentenciaba: ¡no seas palera con tu hijo!


Dicen que en un jardín de niños, cuando los ilustres infantes ya podían ir al baño sin depender de nadie, su maestra o su miss les reconoció su esfuerzo en una reunión de padres de familia. Cuando la maestra terminó sus alabanzas, los papás comenzaron a reclamar: ¿por qué les aplaude a nuestros hijos, maestra? Es lo que deben hacer. No sea palera de nuestros hijos.


Una última historia: un Presidente de México se estaba deshaciendo en su discurso frente a periodistas.


Al concluir su discurso, y tras el silencio de los periodistas, el Presidente volteó a ver a uno de sus colaboradores y dijo: “Ya sé que no aplauden” , y el mensaje se escuchó en la sala.


Su colaborador tal vez tenía la tarea de consolarlo, pero en el mundo de los árbitros de la conciencia solamente hay un final posible.


Presidente: Ya sé que no aplauden.


Colaborador: ¿Te tenían que aplaudir?


Y de esta manera entramos al mundo de los terrenales que participan por su propia cuenta, con sus intereses, motivaciones y relaciones. Jamás obligados, jamás amenazados, jamás comprados, jamás controlados, porque si así lo fuere que la Nación se los demande.


¿Cómo se llega a vender la propia voluntad por una torta?


¿No será que la pregunta está mal planteada?


¿Por qué siempre se cree que hay alguien que está detrás de todas las decisiones, por ejemplo la decisión de aplaudir?


¿Nadie actúa por su propia cuenta?


¿Al final todo resulta que cada quien es cómplice, o alcahuete, o comprado, o subordinado, o simulador, o satélite, o cuate? 


Una historia más y ya. Me voy. Imagínese a Dua Lipa que después de la primera canción les dijera a sus seguidores en el Auditorio Nacional: Nou, nou, nou, amigous. No me aplaudan. No sean mis paleuros.


Ya pues. Adiós.


Comentarios